
“Me estanqué”, “Aquí vamos de nuevo”, “Ay, ya me cansé”, “¡Vamos con todo!”… Son frases que, en algún momento, todas nos hemos dicho. Y aunque suenen contradictorias entre sí, todas forman parte del mismo proceso: avanzar y crecer. Porque crecer no es caminar en línea recta. Es caer y levantarse cuantas veces sea necesario. Es dudar y luego volver a confiar. A veces, incluso, nos perdemos… pero también nos reencontramos. Eso es crecer.
El crecimiento —como la sanación— no sigue un camino perfecto ni predecible. Está lleno de altibajos, momentos de claridad y también de confusión. A veces creemos que retrocedemos, pero en realidad estamos tomando impulso para avanzar con más fuerza. En esos momentos difíciles también hay crecimiento, porque somos resilientes: aprendemos, nos adaptamos y seguimos adelante.
Cada persona sana y crece a su propio ritmo, de forma única y personal. Lo que funciona para una, puede no servirle a otra, y eso está bien. No te frustres si sientes que te detuviste o que estás empezando desde cero. Sanar es un viaje continuo, lleno de aprendizajes y descubrimientos. La clave está en ser flexible y aceptar los cambios que surgen en el camino.
Recuerda: los errores y los tropiezos no son fracasos, son parte del proceso. No te compares con los demás, celebra cada paso que das, por pequeño que parezca. La vida no es una línea recta, es un camino en espiral… y cada vuelta te acerca más a ti misma.
